1. Para muchas personas la poesía se ha convertido en un lujo
que -habida cuenta de sus urgencias vitales- consideran que no pueden
permitirse. ¿Qué cabe esperar de quienes consideramos más bien que la
producción poética forma parte de esas urgencias? O, para repetir la
pregunta de Hölderlin: ¿para qué la poesía en tiempos de penuria?
La pregunta de Holderlin es fundamental no sólo para la modernidad en
que se conceptualiza. ¿ A quien se sirve? Los dioses de Holderlin son el
orden, la explicación, la trascendencia, la posibilidad Otra. Pero
también lo que escucha, lo que oye. Con quien se dialoga. Para Holderlin
se sirve a ese condensado de atributos. Pero en plena secularización,
para un poeta, un dios se parece a un lector. O sea, el verdadero poeta
-y es difícil esta categoría- no sirve a nadie. Es lo bueno. Pero hay
poetas -y eso no quiere decir que sean falsos sino que para mí quiere
decir que no cumplen con la dignidad de la poesía- que sirven al lector.
El sueño de la mercadotecnia, el sueño del espectáculo -eso propio de
ciertos novelistas, de actores, políticos y cantantes de rock: celebrities-- no escapa a nadie. Por otra parte, diría que
no cabe esperar nada de quienes consideramos -yo al menos- a la poesía
no como una urgencia sino como una necesidad luego de un azar, como un
destino aceptado luego de ciertas contingencias que señalan rumbos. Pero
decir o preguntarse “qué cabe esperar” es como creer que hay algo de
elegidos -secretamente, en voz baja, murmurado porque carece de
prestigio en el mundo real- en los que escribimos poesía y somos poetas.
Lo que está en juego hace tiempo es lo humano. Y luego, de ahí, lo
mejor de lo humano que puede ser la creación. Pero hay que precisar: la
creación de buena calidad. También abunda la mala. En esta época es
dominante.
2. En el contexto del presente, marcado por la masacre y el
estado de excepción, ¿cómo podríamos contribuir a transformar desde el
campo poético lo extrapoético? ¿En qué sentido la poesía podría tener
eficacia política, en unas condiciones culturales que la marginan de
forma radical?
Es una cuestión ética. La poesía juega a partir de la ética del poeta,
no juega sola. Me cansé de aquellas voces que salvan por anticipado a la
poesía, que la salvaron siempre, que, de alguna manera, le otorgaron un
lugar tan especial. Alguna vez - en Resistir creo que fue- arrinconé
ese argumento contra las cuerdas -no sólo contra las vocales: contra las
del ring- y hablé de un mundo donde la poesía se salvaba y se hundían
los humanos. A esa paradoja lleva decretar la salvación de la poesía por
anticipado. La poesía es política como todo acto humano. Y puede ser
política como forma de resistencia. En la medida en que se acepte que la
palabra está gastada porque la poesía es gasto ejercido, no ahorro, no
capitalizable. De modo que hay un deseo. El deseo no preserva su gasto.
Que lo hiciera sería como hablar de un capitalismo del espíritu. Lo que
quiero decir es que la poesía no es el ejercicio de un deber ser, de un
superyó. Es un acto de libertad. Y depende del alcance que se le dé al
concepto y al término. Una sociedad donde todo se consigue no es una
sociedad de libre deseo sino de “libre” condicionamiento, valga la
contradicción. Cuando uno empieza a decir: “la palabra poética es la
contención frente a la”, etc, uno ya condicionó la cosa. La poesía puede
ser un acto de contención ante la emisión moldeadora de opinión de
ciertos medios dirigidos y orientados para controlar. Puede ser una
forma de contención ante la emisión meramente contactual (de hacer
contacto) del habla común y cotidiana que son formas de ejercer y poner a
funcionar un código. Pero uno puede también comprobar luego que ciertos
poetas que rodean la palabra de silencio luego rodean un libro de
mutismo y luego esperan en la fila del Nóbel sin hablar de lo que pasa.
Insisto: un poema tiene que ser lo que yo quiero, no lo que los pueblos
que sufren. A los pueblos que sufren puede o no interesarles la poesía. Y
luego veremos qué poesía les interesa. Fabricamos equivalencias con la
facilidad de la necesidad. ¿Cuáles pueblos? ¿La parte que se levanta
contra el capitalismo o la parte que busca un lugar en el capitalismo?
Volviendo a tu pregunta anterior: si algo cabría esperar de nosotros los
poetas es que sepamos caminar por este borde difícil, en este
equilibrio difícil. Hoy todo está en juego. Hay que preguntarse si ese
mundo extrapoético o ese afuera -esa gente, esos lectores- quieren
mejorar o quieren cambiar. Si todo está en juego, insisto, la poesía
también está en juego. Es insostenible la complicidad de los poetas
alrededor de la poesía como si la poesía fuera la misma cosa. Hace mucho
que la poesía no es esa cosa esencial que nos vuelve hermanos.
3. En conexión con lo anterior, ¿qué puentes podríamos y quizás
deberíamos construir quienes participamos en el campo poético con
respecto a movimientos sociales críticos, como por ejemplo el movimiento
de indignados que, en los últimos meses, se ha
expandido a escala mundial?
Indignarse es llenarse de dignidad y desbordarse. Cuando Góngora dice
“escribo para pocos” está en el núcleo de la dignidad, no desbordado.
Habita pleno la dignidad. La poesía ahí es esa cosa que ocupa su propio
lugar, brilla como un insecto que ocupa su propio lugar. Es el momento
de alta calidad, o sea: donde contiene su novedad autoabastecida, sin
más mercado que el paso de la oreja, los ojos, la sensibilidad y la
conciencia, los cuatro pasos del placer en poesía. Pero ese nivel es
difícil de mantener. Y empieza el negociado. La indignación de la poesía
es no aceptar el negociado. Como la indignación del indignado de la
Puerta del Sol o de la Plaza Libertad es no aceptar el ser negociado, el
que le roben, secuestren o vendan su futuro y el de los suyos. Pero hay
que ver lo que te decía antes: saber si lo que se quiere es no perder
la dignidad ante lo intolerable -esa venta, ese negocio de la vida, esa
biopolítica del aire- o la demanda de un lugar en el espacio del
capital, que ya es bien otra cosa. Queremos cambiar -mantener la
dignidad de la poesía en lo que la poesía significa para uno- o queremos
reivindicación -acomodarla a cómo dé lugar al deseo o a la necesidad de
un lector, de un mundo. O sea, hacerla posible. Lo más hermoso de la
poesía, lo que yo considero belleza, es la imposibilidad que esa cosa
contiene, su incomunicable intrínseco, su exhibición y defensa de ese
incomunicable. Ese efecto que crea de no estar y estar ahí, de no haber
estado nunca, de nunca haber sido, de poder ser por no haber sido. Pero
jamás volver a ser. Y jamás volver a ser igual, lo mismo siempre. Esto
último negaría lo esencial para mí, lo que más
quiero. Y creo que es lo que está en juego en la relación dignidad de la
poesía-indignados.
Lo otro que me parece de primera importancia de los indignados -que
parecieron mucho tiempo dormidos, en verdad, o confiando en un estado de
cosas que no era, esa ingenuidad que se parece a los latinoamericanos
fascinados con Obama porque se oponía tanto en imagen como en contenido a
la bestialidad de Bush- es el riesgo que eso asume en relación a su
estado de permanencia en la indignación. El que despertó del sueño de
esta sociedad saqueada dirigida por saqueadores - en el capitalismo
actual, no vale la pena -aunque no todo es lo mismo, no es lo mismo el
sur que el norte- hablar de países o de gobiernos bajo la lógica
dominante de las corporaciones- difícilmente pueda volver a soñar aquel
sueño. Podrá dormir con la conciencia tranquila en la medida en que
actúe. Y los poetas tienen palabra. El problema es el uso de esa
palabra. Ese es el gran problema. Ya lo sabemos: esto va para largo. Y
esto contradice la noción de urgencia. Urgencia, en realidad, no hay. Yo
apoyo a los indignados como ser humano. Yo me indigno. Eso marca mi
escritura. Pero no es una receta ni un mandato. “Todo poeta debe
indignarse”. Todo ser humano debe indignarse. Se juega la vida en eso.
Como poeta no sé si es necesario proclamarse. ¿En la modernidad la
poesía no ha sido una suerte de indignación más o menos estentórea? No
era Rimbaud un indignado? Lautréamont? Baudelaire? Mallarmé? Artaud?
Duchamp? Satie? Martínez Rivas? Nicanor Parra? Décio Pignatari? Y sigue
la lista. La creación artística que yo valoro vivía en el punto de
indignación. Otra no. El problema es que esa que no se
volvió mayoritaria y dominante. Tampoco se volvió celebratoria como un
Perse o un Guillén. Se volvió pasiva, acompañante, expectante de los
resultados de la Academia. Eso también indigna. La dignidad de la poesía
pasa por no esperar nada. Y eso es dificilísimo en este mundo.
4. Ante el devenir secta de los grupos poéticos
dominantes, una estrategia típica para “hacerse hueco” en el campo es la
apelación al pluralismo estético (lo que a menudo se convierte en una
forma de desentenderse del ejercicio de la crítica a esos grupos). ¿Cómo
articular –si cabe- una cierta forma de pluralismo con la elucidación
de los límites de una determinada escritura y de las prácticas más o
menos legítimas que la posibilitaron?
Lo único es respetar una frontera. No se puede dejar de creer en lo que
uno cree por convivir en forma pacífica. Eso es suicida. También empezar
a conceder mediante espacios de silencio -no decir nada ante lo que uno
no puede soportar porque considera mal hecho, mal pensando, o, como
digo: entregado al lector- termina siendo autoaniquilante. Hay que
acordar las diferencias. Delimitar los bordes. No se puede renunciar a
la crítica. Los grandes maestros de la negación -como los grandes
maestros de la Nada en Oriente- fueron los que formaron el concepto que
manejamos de la conciencia, sobre todo la crítica. Renunciar a la
conciencia crítica es enfermarse. El mayor síntoma de salud que conozco
es denunciar los abusos del Poder. Y eso está considerado, precisamente,
una especie de “enfermedad negativa”. Los cansados de negación son los
que ahora vienen con el abrazo hermano y con la poesía “para mirarse a
los ojos”. Conmovedor de veras. Equivale en términos políticos a la
negación de la justicia. Viva la hermandad caritativa del beso. A mí que
me cuenten fuera.
5. Decías en otra ocasión que la poesía exige trabajar con la pérdida. Ante
esa sombra que remite a la melancolía, quizás sea preciso repreguntar:
¿qué es lo que perdemos en la escritura? También podría reformularse la
pregunta de forma paradójica: ¿tuvimos alguna vez aquello que la poesía
supone que pierde?
Se relaciona con el ser. El ser pierde por ahí. Toda la poesía es un
ejercicio de esa pérdida, de ese dejarse ir del ser. O sea: lo contrario
de esa sobre-potencialización atribuida a los grandes metafóricos -no
Quevedo ni Góngora- a los grandes poderosos de la poesía, creadores de
grandes universos. No es el ejercicio de una debilidad: es el de una
pérdida en el sentido de algo ya constituido. Una pérdida no en el
sentido que deja un hueco, un buraco: en el sentido que va hacia otra
cosa. Toda la poesía -esto no tiene que ver, por una vez, con la
cantidad en el sentido de una industrialización de la cosa- es un gran
movimiento hacia la pérdida, una trashumancia hacia la pérdida de sí
misma. Nada sacrificial, nada en nombre de otra cosa, ninguna hoguera,
ningún quemarse: esos siguen siendo los enemigos. Pero esa herejía
frente a lo institucionalizado del ser, primero, y luego frente a lo
institucionalizado del olvido del ser como dice Heidegger, toda esa
glaciación, todo ese imprevisible de la vida -que pudo haber sido otra
cosa radicalmente distinta-, eso lo lleva la poesía en sí misma. Una
nostalgia de su ausencia, si quieres. Eso es lo que quiero decir. Todo
arte tiene para mí la emanación de esa nostalgia de no haber sido y no
de haber sido otra cosa como un caballo que llora por dejar de haber
sido grifo, una almendra por haber dejado de ser ojo egipcio o dos
combas tocadas en sus inicios sobre el cielo. O mucho menos imaginaria y
como me gusta a mí: una pobreza que lamenta su ser riqueza ya perdida.
No esa aristocracia. Algo más libre. Se trata de algo que lleva lo de la
vida, ese movimiento. No ponerse dramático. La cosa es compleja. Alain
Badiou hablaba en ese libro magistral “El siglo” de las
posibilidades todavía del arte a través de lo que él llama sustracción
-como francés lo puede decir: aquí sustraer es robar, hay que decir tal
vez restar, o en términos de acción sustraer (se) es omitirse, no estar
allí. Hay una enseñanza total en esto. Los poetas
complejos y paradójicos (Guillaume de Poitiers, Juan de la Cruz,
Garcilaso, Góngora, Quevedo, Lope, John Donne, Holderlin, Von Kleist,
Rimbaud, Laforgue, Augusto de Campos, John Cage, López Velarde, Rulfo)
lo sabían. ¿Por qué lo olvidamos nosotros? Porque no hablamos de lo
mismo cuando decimos “poesía”.
6. La concepción del poema como «erizo», que lleva en su
superficie lo incomunicable, suele toparse con el reclamo de más
claridad y sencillez, exigiendo algunas certidumbres poéticas para
atemperar nuestra perplejidad. De hecho, uno de los señalamientos
habituales es que ese tipo de poema “espanta” al lector… ¿Qué
presupuestos sobre lo poético y lo político implican posturas
semejantes? Y como contraparte, ¿cómo replicar a una posición así,
erigida en presunta portavoz de lo popular?
Si la implicación política del erizo-poema es la incomunicación
bienvenida sea. La comunicación es para los comunicadores. Si un poema
espanta hoy en día todavía hay esperanza. El problema es precisamente
que ningún poema espanta. El adormecimiento que da lo previsible
necesita de vampiros, días después de mañana, sequías, hambrunas de
radical suelo rajado. Hoy la incomunicación es política porque actúa
como alternativa a la sobre-comunicación. Seamos contingentes. Esto es
hoy, política es hoy. No ayer ni mañana. Hay que decirle -si uno quiere
decirle- a esa masa, a ese pueblo que tanto había a principios del siglo
XX, a ese movimiento de gente pendular que vela -cuando vela- o
reacciona solamente por sus intereses que tiene que aprender a no
comunicarse. Tiene que aprender re-individualizarse y no andar por ahí
en patota esperando la promesa después de las urnas -o sea, la
post-vida, la ultratumba. Indignado es el que renunció a la promesa de
la falsa democracia. Eso es lo que interesa. ¿Si uno renuncia en la vida
a esa falsa democracia va a pedir verdadera democracia para la
existencia en sociedad del poema? ¿Qué locura tan fea es esa? ¿De lo
contrario cómo va a distinguir a Bob Dylan de Palito Ortega o del bueno
de Joselito?
7. En varios ensayos tuyos has contrapuesto una “lengua del
exilio” a un “exilio de la lengua”. ¿Qué supone esa lengua de la que nos
exiliamos y qué lugar (más o menos inestable) traza o promete nuestra
escritura? En ese desplazamiento, ¿cuáles serían sus fronteras
infranqueables, en caso de que existieran?
Esa lengua del exilio de la lengua no existe como lugar,
no hay eso, supone una posición y una creación. No hay un lugar en la
lengua llamado exilio de la lengua. Hay que crearlo en la escritura.
Significa agarrar el lenguaje por los cuernos de la luna que no tiene.
Ahí sí no hay fronteras, en la medida en que siga siendo exilio. La
condición exiliar -así me gusta decir eso- no se pierde nunca. Es la
utopía personal en mi hábitat, lo que yo me comprometo a hacer. De todos
modos significa además no intentar crear ninguna lengua del exilio, eso
que hablaríamos todos en esa situación. La mayoría de los exiliados
intenta regresar a casa. Y no hay reproche de ningún tipo de mi parte.
Regresar de noche con los focos prendidos o sin los focos prendidos,
recién orillado el barco o desmontado el caballo, con los ojos fijos de
plato de la liebre sobre ti o sin sus ojos, los del vecino detrás de la
cortina. Sólo que ya no se puede intentar escribir en posición de un
exiliado de la lengua. Uno vuelve para volver -valga la redundancia- no
para seguir afuera.
8. En tu crítica a la claustrofobia del presente, en una
entrevista anterior señalaste que el poema es, precisamente, la
instancia que abre la puerta (lo que no significa que los pájaros salgan
necesariamente). Una vez más: ¿forjar salidas hacia dónde,
en qué dirección, para que no se conviertan en nuevas
trampas? En particular, ¿qué poéticas contemporáneas contribuyen a crear
esas salidas?
Bueno, ahora hay que aguantar esto: forjar salidas hacia el afuera. Y
luego vemos. Porque adentro se muere sofocado. Lamento la falta de
garantía. Pero es un problema de integridad. La dirección se ve en la
marcha. De nuevo lo del exilio. Cuando uno se exilia muchas veces no
tiene la seguridad de la meta -en realidad, sólo transitoriamente se le
presenta, en general. Nunca fue lo mismo salir a México que a Noruega -y
eso que México estaba muy bien en el 79. O mucho mejor que ahora.
Vivimos este mientras tanto que posibilita alguna acción sin saber hasta
cuándo ni hacia dónde. En cuanto a las poéticas, vivimos el tiempo de
las variables. No sé si una variación mínima puede señalar un rumbo.
Aquí la teoría del diminutivo no ayuda mucho. “Una lucecita que nos guíe
y devuelva el esplendor”, decía el extraordinario Ezra Pound en
traducción de Vázquez Amaral. O apostar por la reversibilidad
catastrófica. De cualquier manera es cuestión de tiempo. El capitalismo
también es cuestión de tiempo. La eternidad, si existiera, expulsaría al
capitalismo asqueada.
9. Puesto que toda producción poética está situada en
condiciones sociales e históricas determinadas, ¿qué huellas más o menos
reconocibles deja en tu discurso tu estancia prolongada en México? Como
contraparte, ¿qué persiste de ese Uruguay del que te exiliaste?
México es la cultura que tiene el mayor componente mítico que conozco en
América Latina. En algunas partes se toca con un Brasil que quiero, ese
Brasil del sertao de Glauber Rocha y de Joao Guimaraes Rosa, que
coexiste con esa otra grandeza que representa -antímitica por cierto- la
de los poetas concretos de Sau Paulo, Augusto de
Campos, Décio Pignatari, Haroldo de Campos, toda esa herencia que me
viene de mi madre brasileña. México practicaba en su cultura una gran
coexistencia cultural. Pero faltaba, en los ochenta, práctica crítica. Yo no hacía crítica literaria ni de poesía en
Uruguay. Estudié Letras. Empecé por invitación de Octavio Paz a
escribir una columna de poesía en Vuelta alrededor de 1987. Ya escribía
poesía en Uruguay, tenía tres libros publicados antes de salir a México.
En 1991 publiqué un libro, Errar, con el que fui
reconocido como poeta, no unánimemente. Tengo el orgullo de no haber
sido un éxito en nada. Una de las huellas que en mi discurso se pueden
notar es la resonancia de los que me quieren y la
resistencia a una buena cantidad de gente que no me quiere y detesta lo
que hago. En cuanto a Uruguay, persiste lo esencial. Me siento un
uruguayo en México, nunca dejé, salvo en períodos de flotación amorosa,
de sentirme uruguayo. Hablando de dignidad, Uruguay para mí es una
lección, en cuanto a su sociedad -algo que viene de Artigas- de dignidad
y resistencia. La figura de mi padre -que alcanza una dimensión muy
particular con su prisión política de 12 años- es una presencia
permanente en mi vida, difícil, constitutiva.
10. Para terminar, en una realidad drástica en la que todo
parece naufragar, ¿cuál es la tarea más urgente para una poesía que no
se conforma con sobrevivir entre los escombros?
Hay que tratar de ser buenos fenicios. No mercantes: navegantes.
Navegar, no en internet sólo, no precisamente. Navegar en la conciencia.
Crear posibilidades. No todo está cerrado. Hace diez años cuando todo
parecía más abierto -en Europa, sobre todo- no sé si no estaba más
cerrado. El poder-no de los indignados es una esperanza. Se puede ir
todo al demonio. Es posible. Pero insisto en que despertar a un cierto
grado de conciencia vuelve imposible soñar el mismo sueño. En todo caso,
profundizar en los grados de conciencia. No aceptar la homologación:
“Nosotros, los poetas…”, “la poesía, que para nosotros…” ¿nosotros
quiénes? Esto no es separar: esto es discernir. Hay una gran confusión
en todo esto. La clase dominante no sé si está en riesgo. Pero la clase
dominante no discierne entre poesía y poesía.
* Cortesía de Arturo Borra